Escribime algo, Rodriguez

“Te conocí en un momento turbulentísimo de mi vida, parecido al de ahora. Tenía dinero, no tenía a nadie más. Tomaba un mínimo de medicación y no tenía computadora. Iba al ciber y me quemaba los ojos. Una amiga tuya me rechazó por demente, pero me recomendó tu mail, pretendiendo ser caritativa. Lo logró.

Supe de vos, contestataria, reflexiva, un tanto oscura, un tanto loca, un tanto desbordada, un tanto muy amable, un tanto desesperada y un tanto demasiado con los pies sobre la tierra y una realidad inherente a los castigos sobre la piel y al fuego que quema la epidermis de un alma indoblegable.

La idea de perderte me hace llorar en este mismo momento.

Cuando estábamos abrazados en ese garage lleno de viento del diablo yo te abrazaba cerca, caliente, y vos perdías los ojos en tu melancolía. Porque yo estaba alzado y vos volabas en las alturas de la iluminación. Empecé a comprenderte en los días subsiguientes, con tu fiebre, tus escritos, tu verbo volátil, tu inteligencia extrema, tu coeficiente de científica cuántica, tu crianza de tambera en la madrugada. Supe de tus padres y de tus madres y de tus amigos. No recuerdo que paseáramos por San Telmo, yo estaba revire y vos estabas exhausta. Veías la city por primera vez y el fantasma del dinero y de tu madre te angustiaban, pintabas tu habitación de plateado con vivos como estrellas para que nunca se fuera la luz. Salimos al Obelisco, tus ojos verdes relampagueaban con los carteles de neón de la calle Corrientes, tu pelo rubio corto, tu boca tensa, tu piel blanca. Dormiste conmigo. Hicimos el amor al mediodía y vos me dijiste que ibas a llorar. 

Nunca quiero dejar de ser amigo tuyo. No creo en los touch and go y en los roces. Es de mal gusto, solo trae tristeza y experiencia cuasi-vana. Uno se divierte ruta mediante pero al llegar al llano destino todo se aplaca y las luces del razzle dazzle se apagan una a una como si Las Vegas fuera solo un pozo ciego con una bombilla solitaria en una caseta de baño químico. De alguna manera, encuentro en tu romanticismo dramático una compañía a mi oscuridad y a mis presagios mortuorios del carajo.

Tus manos de patito pegajosas por el flujo. Tus tetas en el pullover y tu resistencia al frío. Dormías con la ventana abierta porque pensabas que la luna y su influjo vendrían a buscarte, y yo rezaba porque no lo hiciera. Tuve éxito, te encontraste a vos misma: estudiante, amante, luchadora, comprometida con un salame, de vuelta al ruedo de Comodoro, a la cocina escolar, maltrecha pero fresca y fuckeándolos a todos.

Tu herida central se sana con el humor de tu intelectualidad y con los viajes que hagas y lo que hagas con tu boca, tu vagina, tu lengua y el alma que te lleva a utilizar acordemente esas tres o cuatro cosas que aplacan a dos seres humanos que elijan una comunión particular.

¿Tu alma? En el infierno le va a quemar las manos y la chota al mismísimo diablo. El diablo no la quiere. El otro día me lo dijo. No la quiere. Le gusta más mi lagrimita constante y mi espalda rota por el booze barato que tomo y las pastillas para la cocuzza. Le gustan, al diablo, los cortes vulgares de la vaca. Espinazo. Ese soy yo. Vos sos más bien material periodístico y largas sesiones lésbicas con brujas y magos.

Te respeto porque sos moderna, metódica y mágica. Tus varitas son tus dedos, tu hambre, tus curvas, tu chorro dialogal infinito. Y porque sos un corazón famélico que no  se aplaca. Sos como una niña de 12 años en una tienda de chocolates que pregunta donde está la figazza para hacer un sánguche.

Yo no sé si te puedo ver el alma, pero te puedo poetizar cada encantamiento que te des a vos misma en cada noche donde las brujas sobrevuelen tu chimenea. Yo soy el vago adentro de tu chimenea. Al repalazo, asustadizo, listo para dar el gran golpe del siglo.

Dejame, de vez en cuando. Respirá, tomá aire. Gozá de esta antigualla con los ojos cansados y de esta espalda encorvada que se yergue sobre tu cara para darte un soplo de vida y barro. Y yo creo que te puedo dar un humilde abrazo y un par de besos y hacer que la piel se te arrugue un poco y se ponga a la altura de las campanas esas de alarma que a veces te despiertan en la noche, convulsionada en una cama sola, mientras la luna sonríe y sonríe…”



Categorías:dibujate algo, La vida

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