La locura del silencio

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Pipo no paraba de gritar desde la mañana. Ya era la hora de la siesta en uno de esos días en los que se me hace imposible contraargumentar que el “barrio de los locos” tiene bien puesto el nombre, como a veces me gustaría hacer con algún taxista o el cartero. Qué precisión tuvieron, pensaba, para denominarlo más allá de los efectos del tiempo.

Alguien me dijo cuando era chica que los primeros habitantes del lugar fueron inmigrantes traumados de la Segunda Guerra Mundial, que a la noche salían a la vereda a los tiros por razones poco claras o flojas de cordura. En fin, los locos. Parecía mentira que las generaciones pasaron y estas cinco cuadras de arcilla pavimentada, ahora, en el recambio, nos contenían a nosotros. Pipo, el resto y yo.

Mi madre se enoja cuando le pregunto si no será un problema en el agua, o si los gases que salen de la petroquímica no nos estarán arruinando sin darnos cuenta. Me dice que no, que hablo pavadas, que cada barrio tiene sus locos, pero a veces parece que estuvieran todos acá. Para ser justa, creo usamos locos de una forma bastante genérica. Hay un tipo que siempre va con una pipa apagada y que dicen que “quedó mal” por practicar magia negra, otro que escupe al suelo cada quince pasos, un par de retrasos mentales e historias de incestos, la señora del televisor a todo volumen, al menos un pederasta muerto, y Pipo, que es el más inofensivo, pero el que más rompe las pelotas.

Francisco Bueti -los vecinos hacen muecas para recordar su nombre real- tiene cerca de sesenta años, frente amplia, piernas cortas y fibrosas, barba y bigotes blancos. Como un gnomo de jardín encantado. Cuando era chico tuvo meningitis y quedó mal para algunas cosas, pero se mantuvo lo suficientemente plantado en tierra para otras. Desde que su mamá había fallecido, una década atrás, Pipo vivía solo. Su hermana Catalina solía visitarlo, pero no demasiado tiempo ni con demasiada frecuencia, por lo que su verdadera compañía, ante la indiferencia del resto, eran sus perros y las palomas que le servían de interlocutores.

Hasta hace poco, Pipo salía a mendigar todos los días restos de carne o pan a los comercios cercanos para darle de comer a todos los animales que adoptó como familia. Las palomas se apoyaban arriba de mi ventana y lo esperaban salir con las sobras del puchero. Si existían palomas carnívoras, tenían que ser las de él.

Por costumbre tenía su recorrido armado. Salía con una bolsa en la mano derecha y un palo largo en la izquierda, para usar de bastón, y se bamboleaba con lentitud sin respetar veredas ni calles mientras sus perros lo satelitaban como un escudo. A veces había hasta cinco lunas dándole vueltas alrededor de las piernas, que lo escuchaban hablar solo, puteando a su rodilla. En una de esas giras fue que lo atropellaron. Me acuerdo, porque cuatro años atrás fue la primera vez que me sacudió el silencio en el barrio. La calma resulta sospechosa después de criarte en bullicio. Y, aunque varios aseguraban que había muerto, Pipo volvió unos meses más tarde, limpio, medicado y en silla de ruedas. Mi hermano decía que era indestructible.

Las semanas anteriores a su regreso habían desfilado contenedores de basura por la cuadra de atrás, que yo veía llenarse desde mi ventana. Tres hombres con trajes anticontaminación, tapados de pies a cabeza, sacaban cosas de su casa como si fuera el maletín de Félix el gato. No podía imaginarme lo que había ahí, pero seguramente, por el cuidado que ponían en no tocar nada con su piel, se trataban de transmisores de locura. Décadas de acumulación y negligencia en una misma casa versus tres hombres en traje de goma. Muy propio de mi barrio.

Cuando Pipo volvió, ya no era él el que gritaba, sino la señora que lo cuidaba. Una poco cuerda importada de otro lado, que lo insultaba, lo ponía en la vereda y lo manguereaba para limpiarlo cuando se hacía pis. No sé si alguien más pensaba en el karma y en la memoria en ese momento, o si siquiera los escuchaba, o si estaban como yo, alienados tratando de anularse la audición. Nadie decía nada, nadie se metía. Una cultura del silencio adentro de una turbina.

Eventualmente Pipo volvió a caminar y a vivir solo. Volvieron los perros, las palomas, los recorridos, los gritos. La normalidad.
Él no fue el primero en aturdirnos, su madre estaba loca también. Era una esas viejitas diminutas y arrugadas como una pasita de uva, vestida de negro y con un pañuelo en la cabeza. Yo creía que era una bruja, me daba miedo. Siempre me la imaginaba salir volando sobre una escoba por el costado de su damasquero, a lo Baba Yaga. Pero la realidad era otra. No se podía mover bien y salía a la vereda solamente a colgarse de la reja del portón a gritar, porque Pipo le pegaba. Hacían un dueto de alaridos interminables, que continuaron luego a una sola voz hasta la semana pasada.

Pipo nunca pudo hablar bien. A veces aullaba cosas incoherentes por horas. Otras, como la última vez que lo escuché, repetía y repetía la misma palabra hasta el hartazgo. Llevaba más de cuatro horas desquiciado, llamando a Dios, pero nadie se acercaba ni decía nada. Yo estaba sola en casa, llorando con una almohada en la cabeza, pensando que se moría y al mismo tiempo esperando por favor que pase. Que se callara, porque no lo aguantaba más. Sentía que me disolvía, que me licuaba en su voz, que me iba sin retorno. Esa, supuse, es la verdadera usina de reproducción de locos en mi barrio: la angustia.

Nos quejábamos puertas para adentro de que Pipo estaba abandonado, pero nunca hicimos la denuncia. Una sola vez, hace dos años y muy a nuestro estilo, apareció un chico de veintipico de años en su casa. Flaco, bajito y rubio, empezó a escribir con pintura de colores las patentes de los autos que pasaban en la pared que daba a la calle. Gritaba paranoico que lo buscaban, iba y venía a la rotonda de enfrente, tiraba piedras. Amenazaba con denunciar a todos por abandono de persona, con los ojos desorbitados y el torso desnudo. Decía que Pipo estaba enfermo y nadie lo ayudaba. Tenía razón, pero ahí si alguien llamó a la policía, ofendido, aunque el chico no fuera del todo un extraño. Eduardo, el sobrino de Francisco, vivía dos cuadras adelante. La policía me obligó a cerrar el postigo cuando llegaron para llevárselo, como si quisieran que nadie los viera. Todo el barrio estaba en la esquina mirando. Eduardo se fue.

Esta es la segunda vez en mi vida que siento al silencio presionar contra la ventana. La casa de Pipo está cerrada desde la semana pasada, sus perros duermen frente a la mía, las palomas lo esperan en el techo. No está. Le pregunto a mamá si se habrá muerto, pero dice que nos hubiéramos enterado. Que capaz se lo llevaron a un geriátrico, o vive con su hermana, o está internado en algún hospital. Ninguna de las personas con las que hablé me supo indicar su paradero. A veces me parece escucharlo y corro a ver si aparece con el palo y la bolsa, pero es la memoria que me engaña. Sigo pensando en el karma y en este silencio que se enrosca en todas las cosas y me asfixia. Mi hermano me vio llegar el otro día a casa, saludando a los perros, y dijo que voy a terminar como Pipo. Cada vez que lo pienso, me dan muchas ganas de gritar.



Categorías:La vida

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1 respuesta

  1. Excelente. me gusta. Pensar que es una historia real me gusta, pero no me gusta que tengas que andar poniendote almohadas en la cabeza (yo lo hice, cuando me enfermé), y, en suma, no quiero que te vuelvas loca, ni que te ahogues en un mito, ni que emules nio que absorbas tanto. Quien carajo era el chabon para opinar, no? Ojala pueda verte aqui en BA pronto. Ojala puedas decirme, cuando te pregunte muy serio, cual Pipo con voz tremula pero patente, como haces para vivir, que te lleva a donde vas, como conseguir trabajo, como respetarte a vos misma, esas cosas basicas que aun no se, y que me tienen a mi haciendo de Pipo en la cabeza, estos ultimos meses. te mando un abrazo enorme y mayor beso. Y perdon por los horrores ortograficos, tengo dedos de tortuga.

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