La moneda

Introspección. Misantropía.

Cuando estaba en la secundaria tuve que leer 25 veces una frase en Filosofía que no podía entender. Re-releerla, agotarla, sin que salga siquiera un simple concepto.

“El hombre es un ser que es en relación”. Va de nuevo.

El hombre es-un-ser-que-es-en-relación. No queda. Se resbala.

Desmenucemos.

El hombre es un ser. Sí. Que es. Sí. En relación. Ok.

Ahora sí.

El hombre depende de la relación con sus pares para realmente ser, no simplemente existir. Bravo.

La epifanía de ese entendimiento aparece esporádicamente a romperme las pelotas en los momentos -para mí- menos indicados desde aquel entonces. Ahí estaba yo, entre toda esa gente, entre el ruido, los carteles, los precios, la amargura, el enojo y la superpoblación de mercados chinos, cuando empecé a escucharme leerla mentalmente otra vez. Y el pensamiento concluye. Creo que malinterpretamos vivir en comunidad con vivir hacinados.

Y la violencia.

– Correte pelotudo – le gruño a un pibe que paró en la mitad de la vereda a subirse el pantalón, sin contemplar que su detenimiento interrumpiría el flujo de gente que venía detrás de él. Es decir, me detendría A MÍ, y por consecuencia yo detendría al que sigue, en un atropello de estupidez que retroalimentaría el odio, la destrucción, los celulares con tonos polifónicos y la aceptación social de la ropa flúor. Da miedo, un toque aunque sea.

Si ponés a muchos animales de la misma especie en un espacio reducido, estos empiezan a enloquecer. Científicamente comprobado. Tilde, tilde. Pero como no llegamos a clasificar como animales porque estamos locos desde antes, eso no es una preocupación. Parece. Qué se yo.

Y yo que no paro de pensar.

Pregunto y recupero frases, trato de no mirar. No entendimos nada. De todas las oportunidades que tuvimos y tenemos, solamente aprendimos a hacer una cosa: no parar. No importa si vas en círculos, no pares, empujá y seguí moviéndote, que capaz llegás tarde al lugar al que no sabés que tenés que ir.

Una vieja que camina lento. La locura de la urbe que sigue carcomiendo. Si tan solo tuviera una escopeta…

Si tan solo pudiera hacer crtl+z después de unos tiritos. Con uno solo me las arreglo, para la vieja.

Si lo pensamos bien, nunca aclararon qué tipo de relación tenía que tener el hombre para ser. ¿No? Ok, dale tranquila.

Por allá vienen un par de nenes, de esos que piden monedas pero no quieren comida, o quieren la comida que les gusta y no la que les ofrecés. Ya estoy mirando a qué local me puedo meter para no tener que enfrentarme a sus carencias, porque ellos harían exactamente lo mismo si yo los ahogara con las mías. La solidaridad está basada en egoísmo.

Stop.

– No me da una monedita amiga, diez centavos aunque sea, cualquier cosa amiga- dice, porque yo me tuve que chocar con la puerta del Farmacity que no se abre ante mi presencia. Me siento Bart Simpson, todavía sin recordar a qué Milhouse le vendí mi alma. Pará, pará.  La puta que me parió.

– No tengo, corazón- contesté con ojos tristes. Y por dentro mi conciencia se atora con la coma. No tengo, corazón. No tengo corazón. ¿Tengo? Alma parece que no porque las puertas siguen cerradas, corazón no sé. Capaz me lo robaron en el subte, lo confundieron con mi celular. Los corazones ya no son muy populares, pero todos tuvimos alguna vez uno, con linternita.

El de seguridad se ríe porque no puedo entrar, y su trabajo llora de ausencia. Capaz si me calmo, el karma se olvida un rato de mí, o yo me olvido de él, o la puerta nos recuerda a ambos. Uno se pone tedioso, cansa vivir en furia.

Recorro los pasillos a ciegas y agarro lo que creo que necesito, a mano, sin esfuerzo; todo está servido y mezclado. Vida, shampoo, tampones, laxantes, esperanza y misericordia. Pasillo 4.

Cuando me quiero dar cuenta, estoy en una fila, esperando. El hombre es un ser-que-es-en-relación y mientras no es, es-espera. Digo. No puedo parar de pensar. Parecemos vacas haciendo cola para que nos maten, para que nos corten el cogote, o el bolsillo. Quizás sea lo mismo el dinero que la sangre.

Creo que seguimos sin entender nada.

– Son $35,25- escupe la cajera con cara de cuatro años de horario comercio. Y yo, sabiendo lo que iba a pasar, me rebelo ante toda la inercia y le entrego $40. Me rebelo regalando el cuello, por todos los que se dejan matar sin quejarse. Porque puedo. Porque estoy enojada porque estén enojados. Y ahora sí, con toda seguridad, váyanse a la mierda.

 -¿Tenés 25 centavos?-

No.

-¿Te puedo dar algo para completar a $36?

Sí, monedas, gracias.

-Es que tengo 50, faltan 25, te los quedo debiendo…

¿Y en dónde me los anotás a favor?

-…¿no tenés débito? ¿segura que no tenés justo?

No tengo débito (sí tengo débito). No tengo justo (sí tengo justo). No quiero completar el peso, quiero mis 25 centavos nada más ni nada menos flaca, es lo que me corresponde.

Y ahí está. La cara de orto. La ira, la furia. El hombre-animal-racional, siendo. Somos 25 centavos y lo que la moneda simboliza. En llano, en relieve, en falta. La actitud. La predisposición. Los 25 centavos que les podría haber dado a los que no quieren comida afuera, o los que se le pueden haber caído al tarado al que se le bajó el pantalón por agacharse a buscarlos. Los que quedaron trabando la puerta automática. Los que yo tengo en la cartera.

Paso al costado.

Prefiero esperar los 3 minutos que necesita la cajera para conseguirlos, que irme sin ellos.  Irme sin nosotros. Irme. Ya estoy ida desde hace mucho.

Me parece que no entendimos nada.



Categorías:La vida

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