Foco

No me ofende la verdad

pienso seguido en el fracaso

lo que podría hacer y no hago se me escapa del cráneo

de los ojos y de la boca

como raíces finitas de árbol de muerte

pienso también

en el revólver en la mesa de luz de papá

envuelto en gamuza naranja

al lado del silbato de madera que de chica pitaba

saltando en la cama que alguna vez conoció el amor

y veinte años después se lo tragó entero

pienso que no pité lo suficientemente fuerte

para que el mundo se rinda a mis pies

y que no me alcanzó la puntería para darle

de lleno en la soledad

en que pasé mi niñez

disparando balines a la hora de la siesta

reventando vasos de plástico en el comedor

descubriendo secretos con los prismáticos

por la ventana

como si en vez de acercar a la gente la perforara

para jugar con el vellón que traen adentro

sin que se den cuenta

los pincho

me río

ajusto el foco

vuelvo a empezar.


Escribime algo, Rodriguez

“Te conocí en un momento turbulentísimo de mi vida, parecido al de ahora. Tenía dinero, no tenía a nadie más. Tomaba un mínimo de medicación y no tenía computadora. Iba al ciber y me quemaba los ojos. Una amiga tuya me rechazó por demente, pero me recomendó tu mail, pretendiendo ser caritativa. Lo logró.

Supe de vos, contestataria, reflexiva, un tanto oscura, un tanto loca, un tanto desbordada, un tanto muy amable, un tanto desesperada y un tanto demasiado con los pies sobre la tierra y una realidad inherente a los castigos sobre la piel y al fuego que quema la epidermis de un alma indoblegable.

La idea de perderte me hace llorar en este mismo momento.

Cuando estábamos abrazados en ese garage lleno de viento del diablo yo te abrazaba cerca, caliente, y vos perdías los ojos en tu melancolía. Porque yo estaba alzado y vos volabas en las alturas de la iluminación. Empecé a comprenderte en los días subsiguientes, con tu fiebre, tus escritos, tu verbo volátil, tu inteligencia extrema, tu coeficiente de científica cuántica, tu crianza de tambera en la madrugada. Supe de tus padres y de tus madres y de tus amigos. No recuerdo que paseáramos por San Telmo, yo estaba revire y vos estabas exhausta. Veías la city por primera vez y el fantasma del dinero y de tu madre te angustiaban, pintabas tu habitación de plateado con vivos como estrellas para que nunca se fuera la luz. Salimos al Obelisco, tus ojos verdes relampagueaban con los carteles de neón de la calle Corrientes, tu pelo rubio corto, tu boca tensa, tu piel blanca. Dormiste conmigo. Hicimos el amor al mediodía y vos me dijiste que ibas a llorar. 

Nunca quiero dejar de ser amigo tuyo. No creo en los touch and go y en los roces. Es de mal gusto, solo trae tristeza y experiencia cuasi-vana. Uno se divierte ruta mediante pero al llegar al llano destino todo se aplaca y las luces del razzle dazzle se apagan una a una como si Las Vegas fuera solo un pozo ciego con una bombilla solitaria en una caseta de baño químico. De alguna manera, encuentro en tu romanticismo dramático una compañía a mi oscuridad y a mis presagios mortuorios del carajo.

Tus manos de patito pegajosas por el flujo. Tus tetas en el pullover y tu resistencia al frío. Dormías con la ventana abierta porque pensabas que la luna y su influjo vendrían a buscarte, y yo rezaba porque no lo hiciera. Tuve éxito, te encontraste a vos misma: estudiante, amante, luchadora, comprometida con un salame, de vuelta al ruedo de Comodoro, a la cocina escolar, maltrecha pero fresca y fuckeándolos a todos.

Tu herida central se sana con el humor de tu intelectualidad y con los viajes que hagas y lo que hagas con tu boca, tu vagina, tu lengua y el alma que te lleva a utilizar acordemente esas tres o cuatro cosas que aplacan a dos seres humanos que elijan una comunión particular.

¿Tu alma? En el infierno le va a quemar las manos y la chota al mismísimo diablo. El diablo no la quiere. El otro día me lo dijo. No la quiere. Le gusta más mi lagrimita constante y mi espalda rota por el booze barato que tomo y las pastillas para la cocuzza. Le gustan, al diablo, los cortes vulgares de la vaca. Espinazo. Ese soy yo. Vos sos más bien material periodístico y largas sesiones lésbicas con brujas y magos.

Te respeto porque sos moderna, metódica y mágica. Tus varitas son tus dedos, tu hambre, tus curvas, tu chorro dialogal infinito. Y porque sos un corazón famélico que no  se aplaca. Sos como una niña de 12 años en una tienda de chocolates que pregunta donde está la figazza para hacer un sánguche.

Yo no sé si te puedo ver el alma, pero te puedo poetizar cada encantamiento que te des a vos misma en cada noche donde las brujas sobrevuelen tu chimenea. Yo soy el vago adentro de tu chimenea. Al repalazo, asustadizo, listo para dar el gran golpe del siglo.

Dejame, de vez en cuando. Respirá, tomá aire. Gozá de esta antigualla con los ojos cansados y de esta espalda encorvada que se yergue sobre tu cara para darte un soplo de vida y barro. Y yo creo que te puedo dar un humilde abrazo y un par de besos y hacer que la piel se te arrugue un poco y se ponga a la altura de las campanas esas de alarma que a veces te despiertan en la noche, convulsionada en una cama sola, mientras la luna sonríe y sonríe…”


Gravedad

Te salvé de caer en la trituradora de carne.

Todos nos miraban, pero no me importó. Salté esquivando a la gente en el borde de la cinta, te agarré la mano y tiré con fuerza para alejarte de las cuchillas. Parecía inevitable. Me sorprendió poder sacarte de una sola vez. Así es el poder que hay en el miedo. Tu familia estaba ahí, preocupada pero sin acercarse demasiado. Cuando resbalaste, supe que no ibas a reaccionar solo. Te ibas a perder en la gravedad.

Te saqué y me reí, para calmarte.

Te vi irte sin decir nada y me reí, para amortiguar el dolor.


La Soga

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Tengo siempre los dos cabos de la soga en las manos. Problemas de control. Cuando avanzo, si es que avanzo, tampoco los dejo ir.

Los llevo, los giro, salto.

Busco aflojar los puños, como los demás, pero no me sale. Me ampollo las manos. El cuerpo me odia. Sigo en el centro.

La contradicción.


La locura del silencio

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Pipo no paraba de gritar desde la mañana. Ya era la hora de la siesta en uno de esos días en los que se me hace imposible contraargumentar que el “barrio de los locos” tiene bien puesto el nombre, como a veces me gustaría hacer con algún taxista o el cartero. Qué precisión tuvieron, pensaba, para denominarlo más allá de los efectos del tiempo.

Alguien me dijo cuando era chica que los primeros habitantes del lugar fueron inmigrantes traumados de la Segunda Guerra Mundial, que a la noche salían a la vereda a los tiros por razones poco claras o flojas de cordura. En fin, los locos. Parecía mentira que las generaciones pasaron y estas cinco cuadras de arcilla pavimentada, ahora, en el recambio, nos contenían a nosotros. Pipo, el resto y yo.

Mi madre se enoja cuando le pregunto si no será un problema en el agua, o si los gases que salen de la petroquímica no nos estarán arruinando sin darnos cuenta. Me dice que no, que hablo pavadas, que cada barrio tiene sus locos, pero a veces parece que estuvieran todos acá. Para ser justa, creo usamos locos de una forma bastante genérica. Hay un tipo que siempre va con una pipa apagada y que dicen que “quedó mal” por practicar magia negra, otro que escupe al suelo cada quince pasos, un par de retrasos mentales e historias de incestos, la señora del televisor a todo volumen, al menos un pederasta muerto, y Pipo, que es el más inofensivo, pero el que más rompe las pelotas.

Francisco Bueti -los vecinos hacen muecas para recordar su nombre real- tiene cerca de sesenta años, frente amplia, piernas cortas y fibrosas, barba y bigotes blancos. Como un gnomo de jardín encantado. Cuando era chico tuvo meningitis y quedó mal para algunas cosas, pero se mantuvo lo suficientemente plantado en tierra para otras. Desde que su mamá había fallecido, una década atrás, Pipo vivía solo. Su hermana Catalina solía visitarlo, pero no demasiado tiempo ni con demasiada frecuencia, por lo que su verdadera compañía, ante la indiferencia del resto, eran sus perros y las palomas que le servían de interlocutores.

Hasta hace poco, Pipo salía a mendigar todos los días restos de carne o pan a los comercios cercanos para darle de comer a todos los animales que adoptó como familia. Las palomas se apoyaban arriba de mi ventana y lo esperaban salir con las sobras del puchero. Si existían palomas carnívoras, tenían que ser las de él.

Por costumbre tenía su recorrido armado. Salía con una bolsa en la mano derecha y un palo largo en la izquierda, para usar de bastón, y se bamboleaba con lentitud sin respetar veredas ni calles mientras sus perros lo satelitaban como un escudo. A veces había hasta cinco lunas dándole vueltas alrededor de las piernas, que lo escuchaban hablar solo, puteando a su rodilla. En una de esas giras fue que lo atropellaron. Me acuerdo, porque cuatro años atrás fue la primera vez que me sacudió el silencio en el barrio. La calma resulta sospechosa después de criarte en bullicio. Y, aunque varios aseguraban que había muerto, Pipo volvió unos meses más tarde, limpio, medicado y en silla de ruedas. Mi hermano decía que era indestructible.

Las semanas anteriores a su regreso habían desfilado contenedores de basura por la cuadra de atrás, que yo veía llenarse desde mi ventana. Tres hombres con trajes anticontaminación, tapados de pies a cabeza, sacaban cosas de su casa como si fuera el maletín de Félix el gato. No podía imaginarme lo que había ahí, pero seguramente, por el cuidado que ponían en no tocar nada con su piel, se trataban de transmisores de locura. Décadas de acumulación y negligencia en una misma casa versus tres hombres en traje de goma. Muy propio de mi barrio.

Cuando Pipo volvió, ya no era él el que gritaba, sino la señora que lo cuidaba. Una poco cuerda importada de otro lado, que lo insultaba, lo ponía en la vereda y lo manguereaba para limpiarlo cuando se hacía pis. No sé si alguien más pensaba en el karma y en la memoria en ese momento, o si siquiera los escuchaba, o si estaban como yo, alienados tratando de anularse la audición. Nadie decía nada, nadie se metía. Una cultura del silencio adentro de una turbina.

Eventualmente Pipo volvió a caminar y a vivir solo. Volvieron los perros, las palomas, los recorridos, los gritos. La normalidad.
Él no fue el primero en aturdirnos, su madre estaba loca también. Era una esas viejitas diminutas y arrugadas como una pasita de uva, vestida de negro y con un pañuelo en la cabeza. Yo creía que era una bruja, me daba miedo. Siempre me la imaginaba salir volando sobre una escoba por el costado de su damasquero, a lo Baba Yaga. Pero la realidad era otra. No se podía mover bien y salía a la vereda solamente a colgarse de la reja del portón a gritar, porque Pipo le pegaba. Hacían un dueto de alaridos interminables, que continuaron luego a una sola voz hasta la semana pasada.

Pipo nunca pudo hablar bien. A veces aullaba cosas incoherentes por horas. Otras, como la última vez que lo escuché, repetía y repetía la misma palabra hasta el hartazgo. Llevaba más de cuatro horas desquiciado, llamando a Dios, pero nadie se acercaba ni decía nada. Yo estaba sola en casa, llorando con una almohada en la cabeza, pensando que se moría y al mismo tiempo esperando por favor que pase. Que se callara, porque no lo aguantaba más. Sentía que me disolvía, que me licuaba en su voz, que me iba sin retorno. Esa, supuse, es la verdadera usina de reproducción de locos en mi barrio: la angustia.

Nos quejábamos puertas para adentro de que Pipo estaba abandonado, pero nunca hicimos la denuncia. Una sola vez, hace dos años y muy a nuestro estilo, apareció un chico de veintipico de años en su casa. Flaco, bajito y rubio, empezó a escribir con pintura de colores las patentes de los autos que pasaban en la pared que daba a la calle. Gritaba paranoico que lo buscaban, iba y venía a la rotonda de enfrente, tiraba piedras. Amenazaba con denunciar a todos por abandono de persona, con los ojos desorbitados y el torso desnudo. Decía que Pipo estaba enfermo y nadie lo ayudaba. Tenía razón, pero ahí si alguien llamó a la policía, ofendido, aunque el chico no fuera del todo un extraño. Eduardo, el sobrino de Francisco, vivía dos cuadras adelante. La policía me obligó a cerrar el postigo cuando llegaron para llevárselo, como si quisieran que nadie los viera. Todo el barrio estaba en la esquina mirando. Eduardo se fue.

Esta es la segunda vez en mi vida que siento al silencio presionar contra la ventana. La casa de Pipo está cerrada desde la semana pasada, sus perros duermen frente a la mía, las palomas lo esperan en el techo. No está. Le pregunto a mamá si se habrá muerto, pero dice que nos hubiéramos enterado. Que capaz se lo llevaron a un geriátrico, o vive con su hermana, o está internado en algún hospital. Ninguna de las personas con las que hablé me supo indicar su paradero. A veces me parece escucharlo y corro a ver si aparece con el palo y la bolsa, pero es la memoria que me engaña. Sigo pensando en el karma y en este silencio que se enrosca en todas las cosas y me asfixia. Mi hermano me vio llegar el otro día a casa, saludando a los perros, y dijo que voy a terminar como Pipo. Cada vez que lo pienso, me dan muchas ganas de gritar.


Droga de verdad

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Quisiera verlo sonreír más seguido. Tiene esa habilidad de alegrar lo que tiene a cinco metros a la redonda con una sola curvatura de la boca.

Droga de verdad.

Los ojos bien abiertos, la mente encendida, el corazón arriba de la piel.

Me aguanto el impulso de acercarme y rozarlo con la punta de los dedos como una nena reprime las ganas de hacer pis.

Es mal momento. Nunca estoy a buen tiempo. Así funciona mi normalidad que se sabe por explotar, a impulso de liberaciones reprimidas.

Me fascinan, las personas que reconocen su alma. Me hacen sentir menos sola. Qué difícil es no enamorarme mientras busco la manera de quedarme a vivir entre sus dientes.


Negro

No le quedan inviernos

para quejarse del frío

ni el ruido de las llaves

en el bolsillo derecho.

Sólo el plástico

que lo envuelve

y su brillo

de placenta.

Esperando

renacer.


Eco

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Supe que no me importaría

volver a ser la misma que dicen que fui

en algún momento

aunque no la sintiera propia.

Qué me queda más que intentar.

Impulsarme hasta la gloria.